Será que la llegada del buen tiempo me hace pensar en el verano, o que el arranque de la pretemporada en el motorsport me transporta a los circuitos, o que escribir el post sobre Maranello me hizo recordar las vacaciones del año pasado… Sea como sea, Imola lleva días rondando por mi mente con flashes de sus calles y detalles automovilísticos pero, sobre todo, con los recuerdos de cuándo descubrí su gran joya: el Autodromo Nazionale Enzo e Dino Ferrari.

Población y circuito se unen a la perfección en una simbiosis, una magnífica asociación dónde ninguno sería lo mismo sin el otro. Donde ambos habitan como un único conjunto, sin apenas separación entre donde empieza o acaba el núcleo urbano y el mítico trazado. Tan sólo una calle sirve de señal divisoria. Aunque más que una calle, es una plaza. Y no una cualquiera. La Piazza Ayrton Senna Da Silva. Una plaza inaugurada en 2014 para recordar el 20 aniversario de la muerte del gran piloto brasileño, aquí en Imola. Justo enfrente de esta plaza, la entrada principal al autódromo con su gran moro rojo y la inscripción ‘Autodromo Nazionale Enzo e Dino Ferrari’ como perfecta bienvenida.

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Éste lado de la pista es el acceso principal a las diferentes instalaciones del circuito: la sala de prensa, el Museo Checco Costa, el edificio de boxes y el paddock. Entre todas, la arquitectura que más destaca es, sin lugar a dudas, la Torre dell’Autodromo: el símbolo histórico de la pista. Una torre de siete pisos que alberga salas de convenciones, oficinas y una terraza panorámica desde la que se ve la recta, la Variante bassa, la salida del Pit-Lane y el paddock. Por mucho que pasen los años y por muchas remodelaciones para renovar el autódromo, la torre sigue intacta, recordando tiempos mejores. Tiempos que hicieron de éste autódromo una de las citas imprescindibles en la Fórmula 1, MotoGP, Superbikes, el WTCC…

Al otro lado de la pista, la tribuna de recta ofrece una vista casi completa de la línea de salida. Subir a una de las tribunas, e incluso a la zona de las antiguas cabinas de comentaristas, es relativamente fácil si se tiene paciencia y se comprueba que no todos los candados están atados. Siempre hay alguno abierto, es cuestión de probar y tener suerte… Desde aquí arriba es fácil imaginarse los vítores, cánticos y euforia de los aficionados durante un fin de semana de carreras. ¡Cómo me gustaría volver aquí y vivir una prueba en directo!

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Más allá de ‘la puerta principal’ del Autodromo Nazionale Enzo e Dino Ferrari, es bastante fácil descubrir sus puntos más característicos. Solo hace falta bordear o volver al núcleo urbano de Imola y seguir las señales. Sí, las señales que indican cómo llegar a la curva Tamburello, al Parco Acque Minerali y a la estatua en honor al tricampeón brasileño, a la antigua curva Villeneuve dónde falleció Roland Ratzenberger, y a la curva Rivazza entre otras zonas. Un recorrido que bien te llevará un par de horas pero que te transportará a la historia del circuito y del motorspor.

Pasado y presente se dan la mano en Imola. Una población que vive del recuerdo de los años gloriosos de su circuito, de sus ansias de renovarse y adaptarse a las nuevas normativas y de ver, en un futuro próximo, el regreso de su templo a las máximas categorías del motor.

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